La instalación funciona en el Liceo Bicentenario de Freirina, donde futuros técnicos agrícolas aprenden a producir organismos benéficos utilizados para el control biológico de plagas.
En un laboratorio ubicado en la parcela Hacienda Atacama, en Freirina, estudiantes trabajan con insectos que tienen una misión particular: combatir de manera natural algunas de las plagas que afectan a la agricultura.
Allí funciona la primera biofábrica de biocontroladores de plagas de la Región de Atacama, iniciativa impulsada por INIA Intihuasi que combina formación técnica, ciencia y agricultura sostenible.
Su instalación busca responder a una brecha existente en la región: la escasez de proveedores locales de biocontroladores y de especialistas capaces de asesorar a pequeños agricultores en su utilización.
Actualmente se trabaja con tres especies nativas de Chile: Chrysoperla defreitasi, Tupiocoris cucurbitaceus y Trichogramma nerudai. Estos organismos pueden actuar sobre plagas como pulgones, chanchitos blancos, arañita roja y huevos de polillas.
Pero una de las particularidades del proyecto es que los propios estudiantes participan en su producción.
“Cosechamos los huevos utilizando tamices y una brocha. Después pasan al laboratorio para hacer el control de calidad, revisar el peso, rotularlos y registrarlos”, explica la estudiante Catalina Iribarren.
Su compañero Martín Montoya destaca además la rigurosidad que exige el proceso. “Hay que ser ordenado y minucioso. También se necesita compañerismo, porque para esto se ocupa harto trabajo en equipo”.
El investigador de INIA Intihuasi Alejandro Layana explicó que instalar la biofábrica en un liceo agrícola permite formar desde ahora a futuros técnicos especializados en control biológico y Manejo Integrado de Plagas.
La iniciativa forma parte de un programa para la Agricultura Familiar Campesina financiado por el Gobierno Regional de Atacama y proyecta una segunda etapa en la que podría aumentar su producción hasta abastecer de biocontroladores a agricultores de la región.
Así, lo que hoy funciona como laboratorio y espacio de aprendizaje en Freirina podría convertirse también en una alternativa para la agricultura regional: producir localmente los insectos benéficos y, al mismo tiempo, formar a los técnicos que sabrán utilizarlos.
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